Cuando todavía era estudiante de psicología llegaron a mis manos dos libros que marcarían mi vida: Ondina Supertramp y La lección de ondina. Eran para mi tiempos de descubrimientos y también de grandes pasiones.
Yo estaba muy enojado con los lacanianos. Mi análisis kleiniano de aquella época y algún traspié académico me habían decidido, creía que definitivamente, en contra de Lacan. Pero ahí apareció él contando como leía y releía los Escritos ante la mirada asombrada de su empleada bahiana, sentado en un balcón sobre la playa de Ondina. Estaba tan sorprendido con sus confesiones sobre sexo y drogas como con su franqueza intelectual y existencial. Gigante por su propia naturaleza y El libro de las separaciones vendrían más tarde.
La honestidad y la libertad de Rodrigué fueron una gran conmoción y sus lecturas una guía. Varios años después escribiría para mi como primera dedicatoria en un libro suyo para Guillermo, lacaniano por mi culpa.Cuando Michel me invitó a formar parte del Consejo de Redacción de Acheronta y empezamos con los reportajes me pareció fundamental hacerle uno. Gerardo tomó la idea y a poco de empezar el intercambio de mails quedó maravillado por su personalidad y su rapidez intelectual. Algún artículo acompañó también aquel juego de preguntas.
Un tiempo después se me presentó la ocasión de un viaje a Bahía, y llevarle una versión en CD de Acheronta fue la gran excusa para contactarlo. La cita fue en Itapuá. Mis compañías en ese viaje eran mi mujer, el dolor por una gran pérdida y su biografía de Freud, recientemente publicada. Nos encontramos en un bar de la playa, allí estaba con otros peregrinos que se habían contactado con él para ir a conocerlo. Su hijo, Marcos estaba con él.
Nos invitó a comer a su casa, en la que cocinó unos fideos. La charla giró sobre su historia, Apa, Plataforma, la casona, el amor, la vida de Freud y su libro sobre él y también cosas cotidianas.
El mundo era su casa y sus habitantes, sus vecinos. Los borrachos del barrio lo saludaban cuando pasaba con un respetuoso Dr Emilio y se sentaba a la mesa de Melanie Klein o de Guatari con la misma soltura con que nos invitó a nosotros.
En un momento, con su mirada pícara nos preguntó qué pensábamos sobre la televisión. Desde diferentes miradas todos criticamos el invento y él, luego de escucharnos con atento respeto, con una sonrisa dijo: a mi me encanta. Prendió su tele y pudimos disfrutar de un partido que jugaba argentina. Cuando con mi mujer decidimos irnos nos acompañó a tomar el ómnibus. Tomó mi brazo y caminamos hablando del coraje necesario para la vida, del de Freud y del que todo analista debe tener. Esta vez escribió para mi sobre la primer hoja de su biografía de Freud: Por un encuentro que comienza.Hace un año volví a Salvador. Con mi mujer ya no eramos 2 sino 3. Nos hospedamos en un gran apart hotel en Ondina. Había pensado en llamarlo pero me parecía que era el tiempo de otros peregrinos. Sin embargo la magia bahiana apareció. Un anochecer, en el enorme apart, decidí darme un chapuzón en la pileta desierta. Un hombre se sumó y nadaba plácido de un lado al otro, cuando dos tipos empezaron a discutir a los gritos. Dejé de nadar para mirar, curioso, la pelea. Ese extraño nadador de pronto se convirtió en la cara amigable de Emilio que me dijo: Parece que va a haber piñas. Reconocidos comenzamos a charlar como aquella tarde en Itapuá. El del reciente dolor ahora era él.
Me contó de su vida en el hotel, de sus nuevos amores, proyectos, ideas y descubrimientos. Nos cruzamos esos días en varias ocasiones. Me hizo prometer que iría a conocer el gimnasio del hotel en el que se entrenaba. Una de las mozas que servían el desayuno cuando lo veía pasar transpirado le acercaba un vaso de jugo de naranja. Le conté, a su mirada asombrada, de la talla de Gigante de ese grande del psicoanálisis.
En mi último día de hotel nos despedimos con un abrazo, nos dijimos: hasta la próxima.21/02/2008
Guillermo Pietra
Consejo de Redacción de Acheronta